En memoria de 3D Realms

He de reconocer que cuando me dijeron que Scott Miller y George Broussard decidieron dar por cerrado su periplo videojueguil a la sombra siempre del gran Duke, fué un duro golpe. Recuerdo con nostalgia como estando en clase de más jovenzuelo me vino un amigo emocionado hablando de las maravillas que pudo disfrutar tras hacerse con él el primer día de su salida en nuestro santo país, y yo teniendo que esperar al fin de semana. El caso es que desde entonces ha llovido mucho y queramos o no, lo aceptemos más o menos, toda gente de bien siempre tuvo una intangible fe en que, fuera cuando fuere que el personaje con las pelotas de acero volviera, lo haría a lo grande. Insisto, era una fe intangible porque a poco más se podía aferrar uno (si dejamos a un lado un glorioso vídeo en el que nuestro gran amigo iba hasta montado en burro).

Pero tras el shock inicial, comencé a darle vueltas y tratar de recordar porqué más juegos (vale, teniendo un Duke Nukem 3D en tu haber tampoco necesitas demasiado más, pero…) tenían su podio y, suyo, aparte del memorable Rise of the Triad poco más. Y estamos hablando, por tanto, que esta buena gente llevaba sin sacar juego decente desde hacía más de quince años. Mucho tiempo, mucho humo y nada tangible. Demasiado poco vagaje para que en una época en la que 8450 personas del mundo del videojuego han perdido sus empleos en los últimos meses. Así que dejando el romanticismo y el morbo a un lado, esta muerte es bastante lógica.

Poco a poco se va descorriendo el telón y vamos viendo las únicas cosas tangibles que hubo realmente del proyecto, y lo cierto es que lo que se nos muestra no hace sino confirmar los peores augurios. Duke Nukem 3D fué lo que fué porque coincidió todo lo que debía coincidir para que arrasara. Era el juego adecuado para el momento adecuado. Nos pilló a todos los ahora ya más viejunos jugones en un momento importante de nuestras vidas, a partir del cual nos quedamos enganchados definitivamente (en gran parte gracias a Duke). Teníamos un personaje tan macarra como nos gustaría ser a nosotros y además teníamos el primer juego de acción 3D que encajaba en su tiempo y con los jugadores como no lo ha hecho nunca ninguno otro. Fué la señal de que la muerte agonizante de las grandes sagas aventureras no nos impediría seguir disfrutando de grandes momentos, que más allá de la técnica casi impersonal de Quakes y Dooms era posible meterle pelotas a un juego de tiros. Es decir, que si nos pilla ahora lo que entonces fué el Duke Nukem 3D no nos habría enganchado tanto.

Pero los tiempos cambian… el tiempo pasa… el mercado “evoluciona” y sinceramente, a Broussard se le pasó el arroz de tanto cocerlo. Puedo entender algunas de las muchas razones que llevaron a esto. Posiblemente el buen hombre trataba de buscar un juego que encajara tan bien con el momento, que todo volviera a ser perfecto, pero esas cosas no se pueden preparar. Si de verdad tienes ideas revolucionarias, aplicalas rápido, porque lo que ayer era revolucionario hoy a la mañana ya es cotidiano y mañana estará obsoleto. ¿Que perdería su magia haber sacado un buen juego con buenas ideas pero sin el “momentum”? Es más que probable. Ahí tienes a Id Software, que tras encarrilar Commander Keen y Wolfenstein 3D comenzaron a perder las alineaciones planetarias.

No obstante, y termino ya, hay que despedirlos con todos los honores. A diferencia de otra mucha gente (hola Alone in The Dark, Rainbow Six, Space Quest,…), considero que al menos siempre tuvieron una idea en mente: no echar a perder al gran Duke. Esta idea permanecía viva hasta el último trailer que sacaron, momento tras el cual todo se fué al garete y este final se hizo más posible. Por tanto, dentro de lo malo, agradecer a Scott y Broussard los servicios prestados y el no haber echado por tierra toda la magia de los videojuegos dejando intacta la fama del gran Duke. Hail to the King Baby,Lets Rock!!